Respetable Logia Semper Fidelis: Bracamonte ¿esotéricos o exóticos?. Por Manuel Corral.
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Respetable Logia Semper Fidelis, nº 150 de la Gran Logia de España

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martes, 24 de agosto de 2010

Bracamonte ¿esotéricos o exóticos?. Por Manuel Corral.

Bracamonte ¿esotéricos o exóticos?

Por Manuel Corral (reproducido con permiso del autor)

Anda sobrada la historia de relatos y debates asentados, a veces, en afirmaciones carentes de más base que la ignorancia o una desbordada imaginación. Camina para siglo y medio una de ellas, que nos toca por razón de señorío y nombre de la ciudad. Se trata del posible entronque de los Bracamonte con misterios que, según quien lo cuente, pueden llegar a mezclar templarios, judíos y masones, sin más dato que algunas similitudes y la imaginativa explotación de errores indocumentados.

Ya antes de que Juan Martín Carramolino diera a la imprenta en 1873 su “Historia de Ávila, su provincia y obispado” se habían escrito algunos textos que cernían claroscuros sobre la capilla de Mosén Rubí de Bracamonte en esa ciudad, pero es a raíz de esta obra y de los alegatos cruzados en otras inmediatamente posteriores por escritores antimasónicos y pro masónicos, desde Vicente de la Fuente (1874) y Nicolás Díaz y Pérez (1894) encabezando
los respectivos bandos del momento, hasta José Antonio Ferrer Benimelli y Javier García Blanco, que desmontan documentadamente en nuestros tiempos una leyenda aun sostenida con vehemencia por uno de los principales divulgadores contemporáneos de asuntos con enigmas y misterios ciertos, o añadidos, Juan García Atienza, quién, reciclando ideas que aparecen en los autores decimonónicos, ha escrito reiteradas veces sobre los Bracamonte, especialmente en la novela dedicada al patriarca de la saga, Robert de Bracquemont.

El que aquí sería conocido como Mosén Rubí de Bracamonte (tatarabuelo del propietario de la tumba de la capilla con el mismo nombre en Ávila) fue el cuarto hijo de Renaud II de Bracquemont y nieto de Renaud I. Miembro de una amplia familia de señores feudales de la nobleza rural, llegó a Castilla como caballero en las tropas mercenarias que batallaron en las luchas fratricidas entre los reyes Pedro I y Enrique II. Aunque al parecer sirvió a ambos, supo estar en el lugar oportuno en el momento adecuado no solo para sobrevivir
en el campo de batalla, sino para hacer fortuna con el superviviente Enrique y sus sucesores y entroncar, él y sus herederos, con grandes familias españolas.

Un escudo nobiliario, padre de la confusión.
Antes de venir a España con este distintivo, los Bracquemont tenían su sencillo escudo nobiliario en el que no aparecen más que dos elementos. No frecuentes, por cierto, en Heráldica, pero tampoco exclusivos: Un mazo y lo que alguien erróneamente llamó escuadra o compás hace más de un siglo, y así seguimos dando vueltas a lo que no parece más que una incorrección pues, con rigor histórico, heráldico y lingüístico, se trata de un cabrio o chevrón.

El mazo indica guerra por el quebranto que con él se puede ocasionar a las armaduras, mientras que el cabrio simboliza, entre otros aspectos, protección, fuerza, esfuerzo y valor. El cabrio o chevrón tiene la forma de un compás abierto en ángulo agudo con el vértice hacia arriba y las patas apoyadas en los vértices inferiores del escudo en que se inscribe.

Su equivalente actual son los galones en Λ, o sardinetas, que, colocados en las mangas y hombreras, distinguen grados militares.

Así es definido el blasón de los Bracquemont: “En campo de sable un chevrón de plata, y en el cantón diestro del jefe un martillo del mismo metal en banda”.

Si buceamos más atrás, encontramos en la “Historia de las Grandezas de la ciudad de Ávila” (Luis Arín. 1607, citado por Bonet Correa en su trabajo sobre la mencionada capilla):

“Con su Cabrio y con su Maço
de Argen en la pietra sierra
Braquemonte con su braço
desbarato gran pedaço
de gente de Inglaterra”.

Tratemos de ampliar lo que Arin dejó escrito (Algo similar recoge también el manuscrito “Epílogo de la Sucesión de los Bracamonte en España”). Encontramos claras y racionales referencias a lo que ciertamente eran los Bracquemont, gente de guerra que ganaron sus honores en brutales hechos bélicos. Pero vayamos más allá. Como normandos, es plausible que se involucrasen desde el principio en las múltiples batallas y escaramuzas habidas entre los distintos poderes que dominaban lo que hoy conocemos como Inglaterra y
Francia desde el siglo X, si no antes. Es histórica la participación de esta familia en las guerras habidas en el siglo XIV. No he encontrado un Argen con montañas, pero sí un hecho que aun hoy se recuerda intensamente y en el que pudo haber un Bracquemont que así ganase la nobleza. Me refiero a la batalla de Hastings, 14 de octubre de 1066, en la que los invasores normandos decidieron, con mazas, flechas y lanzas, la lid a favor del futuro Guillermo I de Inglaterra ante las tropas de Harold II, situadas en la colina de Senlac.
Curiosamente, el flanco izquierdo de esta colina quedaba resguardado por el arroyo Asten y detrás la formación tenía el gran bosque de Anderida (¿Uno u otro, Argen en la pronunciación de hace entre 400 y 1000 años? Quien sienta curiosidad por acercarse a la primera crónica ilustrada que se conserva de una gran batalla podrá encontrar ésta en el majestuoso Tapiz de Bayeux.

Las afinidades nos llevan ahora por terrenos filológicos, pues Bracquemont bien puede descomponerse en “Bracque” y “Mont”, sin alejarnos de lo que dice la Heráldica y lo que parece contar la crónica medieval.

Bracque es, en diferentes idiomas y momentos, lo mismo que brecan, bræc, brocen, brechen, zerbrechen, breche, brach, gebrochen, to break, broke, o broken. Palabras todas que tienen su raíz en el término indogermánico bhreĝ y similar significado: romper, destruir, fracturar, etc. Incluso hoy en francés ‘braque’ es coloquialmente ‘un tipo bravo, lanzado”, y brac, también vrac, es usado en ciertas partes de Francia como un vulgarismo de escombro, materia pesada rota, desmenuzada. Mont es aun más claro pues se relaciona
muy directamente con el latín Mons, o sea “Monte”.

En resumen, es menos ensoñador pero la suma de todo ello nos pone ante unos personajes que debieron machacar todo lo que se les puso por delante, simbolizándolo quien por ello les honró en un escudo con un mazo y un cabrio que es, también, el perfil de una montaña.

Para los que elucubran con misterios en otras direcciones más sugerentes pero quizás menos fundadas, cabe dejar lanzada una pregunta: Si tan oculto como cuentan debiera ser el asunto, ¿por qué iba a ser tan explícita la carta de presentación de los Bracamonte con un mazo y un compás?

Quizás resulte decepcionante la conclusión ante el eufónico nombre de nuestra ciudad pero, al igual que el linaje, puede que cuando dejó lo de Peñaranda del Mercado hubieran debido llamarla Peñaranda de Rompemontes.

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